miércoles 15 de julio de 2009

Todo lo que siempre quiso saber sobre el eclecticismo pero nunca se atrevió a preguntar (III)

En la segunda parte hablamos del conflicto generado entre la continuidad del neoclasicismo, el neogótico, los nuevos materiales y las teorías de la restauración, conflicto que acabó degenerando en la denominada crisis de los eclecticismos, que es el tema que vamos a tratar en esta última parte.

Además de Viollet le Duc, otros colegas suyos supieron aunar el empleo de nuevos materiales con el repertorio formal antiguo y el racioanlismo estructural. Insignes ejemplos de ello son el Palacio de Cristal de la exposición universal de Londres de 1851, de Joseph Pastón, la Biblioteca de Santa Genoveva y la biblioteca Nacional de París, de Henri Labrouste, los Mercados Centrales de París, de Victor Baltard, la Torre Eiffel, de Gustave Eiffel ó la Galería de las Máquinas de la exposición universal de París de 1889, de Ferdinadnd Dutert.

Todos lo anteriormente expuesto hacía referencia a la línea ortodoxa de la arquitectura historicista del siglo XIX, en la que el pasado se tenía como un objeto de estudio, como un conjunto de fórmulas de predefinida aplicación. Pero visto que un exhaustivo estudio del gótico y de los estilos griego y romano podía dar lugar a un nuevo estilo acorde con las necesidades de la época, parecía obvio que el estudio de otros estilos daría lugar a nuevos repertorios formales tan válido como los anteriores. Así, a mediados del siglo XIX comenzaron a aparecer nuevas monografías de repertorios formales de estilos ajenos al gótico y al grecorromano (románico, árabe, indio, turco, ruso…). Además, cada estilo comenzó a utilizarse para una función concreta, en un intento de continuar con la ortodoxia del gothic revival y greek revival de principios de siglo. Por tanto, como diría Gaya Nuño, “en este alocado barajar de estilos, medievalista, arábigo, clasicista, etc., se llegaría a conclusiones tales como que las catedrales tenían que ser góticas; los centros de enseñanza, románicos, y los edificios destinados a ser lugares de recreo o diversión, de otras estilísticas no cristianas”. La teoría de este autor quizá dé una lógica explicación al hecho de que casi todas las plazas de toros de España estén construidas en ladrillo, al estilo mudéjar, así como también muchos de los palacetes que se realizaron en las zonas residenciales de las grandes ciudades.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX los grandes estados europeos viven un periodo de auge económico, que tienen su principal exponente en las exposiciones universales. Además, la proclamación de nuevos imperios llevó a las cortes europeas un nuevo gusto por la opulencia y la extravagancia, que se observó en todos los aspectos de la sociedad. Incluso la moralista sociedad victoriana (convertida ahora definitivamente en la primera potencia mundial) buscará un nuevo boato dentro del gótico, creando la aparición del extravagante y recargado gótico victoriano. La ópera de París, de Charles Garnier, será el exponente más destacado de este neobarroco que inaugura la “era de los eclecticismos”, que prácticamente durará hasta la Segunda Guerra Mundial. Este periodo fue asumido por muchos de sus contemporáneos como la verdadera consecución de las aspiraciones de la ilustración por crear un lenguaje universal. Así, como ya se ha dicho, cada tipo edificatorio tuvo un estilo predefinido en el que ser construida y decorada. Para ayudar a los arquitectos en estas tareas de construcción y decoración, se editaban monumentales diccionarios de ornamentación de todos los estilos, con todo tipo de detalles para realizar cualquier elemento. En mayoría de los casos, estos elementos eran encargados a artistas de poca categoría que acababan componiendo pastiches que eran reproducidos hasta la saciedad en las fábricas. Honore de Balzac, en su obra La Prima Bette, retrata las miserias de estos artistas y del mundo de altibajos profesionales en los que se movían.

Estos fueron los preliminares a la crisis de los eclecticismos que se daría a finales del siglo XIX y que desembocaría en la aparición de las nuevas vanguardias una vez superado el art nouveau. Los factores que provocaron esta crisis son varios y merecen ser tratados por separado para después sacar al conclusión común.

Por un lado, la reforma de las artes aplicadas que desde mediados de siglo venían realizando Ruskin y Morris. Aunque los planteamientos de esta reforma servirán para definir las premisas del gótico victoriano, también creó una línea de trabajo que tiene su máxima expresión en Mackintosh y que servirá de clara referencia a los planteamientos generales de Wright y algunas vanguardias.

En una línea similar está la crítica que en las academias realizaban quines abogaban por una reforma de la enseñanza. Esta reforma en la enseñanza concierne, aparentemente, a la orientación estilística y a al oportunidad de incluir los programas de estudio de la Edad Media, además de la Antigüedad y el Renacimiento, pero el verdadero problema reside en la enseñanza técnica y sus relaciones con la formación artística. Los grandes logros técnicos y constructivos tienen su mejor referente en las exposiciones universales, aunque en lo que respecta a control arquitectónico encontramos un problema cada vez mayor, pues las teorías racionalistas de Viollet-le-Duc no solían aplicarse, y los edificios que se construían en los múltiples estilos tradicionales seguían técnicas constructivas tradicionales. Incluso aquellos edificios que empleaban las técnicas modernas dejaban mucho que desear en lo que a decoración se refiere, pues ésta se utilizaba como vestido del edificio, siendo éste un amplio muestrario de los diccionarios de ornamentación a los que antes aludíamos. Esto supuso el mayor fallo de la â”era de los eclecticismos”, y su condena a muerte y definitiva desaparición por parte de la arquitectura moderna.

De todas formas, la “era de los eclecticismos” tendría absoluto dominio sobre el panorama artístico hasta la primera guerra mundial, aunque ya antes se había visto un tanto desbancada por el art-nouveau. Este “nuevo estilo” no fue más que la culminación de las aspiraciones del movimiento de reformas de las artes aplicadas, aunque en substancia consistió en un mero cambio del repertorio formal, pues muchos edificios siguieron empleando este nuevo repertorio como vestido del edificio. De todos modos, encontramos notables excepciones, sobre todo en la obra de Antonio Gaudí, que va más allá de las referencias literales al pasado para crear un nuevo lenguaje basado en la física y la observación de la naturaleza.

La primera guerra mundial supuso un inmenso cambio en la cultura Europea: la destrucción, perdidas y depresiones que sufrieron muchos países llevó a éstos a replantear su situación artística. Si nos atenemos a un punto de vista materialista y estilista, este cambio era obvio debido a la escasez de dinero para construir obras extravagantes y recargadas. Pero no podemos quedarnos en eso; tenemos que fijarnos en al situación ideológica del momento. La primera guerra mundial supuso el fin de los imperios decimonónicos, la aparición de nuevos estados, el uso de nuevo instrumental bélico más rápido y destructivo… Pero no todo fue malo: permitió un avance de la medicina (ante la curación de las nuevas heridas) y los transportes (fue en esta época cuando se crearon las ambulancias). En general, fue el escenario donde se mostraron los progresos de la técnica decimonónica, y en muchos casos encontramos un sentimiento de entusiasmo ante lo que deparaba este nuevo orden: una nueva “era”, en la que las máquinas invadirían todos los aspectos de la vida del hombre y éste viviría en armonía con ellas. Esta nueva vida en comunión con las máquinas requiere un compromiso por ambas partes: en primer lugar, la vida del hombre debe adaptarse a la de la máquina, rápida, simple y eficiente, luego su modo de vida ya no será tan extravagante y recargado, sino que se simplificará y agilizará (esto se aprecia tanto en los vestidos como en la decoración de todo tipo de objetos). Por otro lado, las máquinas, al convivir con el hombre, han de seguir una estética para hacerlas adaptables a su entorno cotidiano, no sólo del trabajo.

Éste es el punto de partida de los movimientos de vanguardia. En el empeño de todas ellas está el armonizar la convivencia de la máquina con el hombre y la creación de una estética común para ambos. Así, estas son las premisas que definen movimientos tales como el Werkbund y la Bauhaus. Pero lo que comúnmente entendemos como vanguardias (neoplasticismo, futurismo…) suponen un paso más, pues serán las que verdaderamente acaben creando un nuevo lenguaje universal para el arte. En sus manifiestos, rechazan radicalmente toda conexión con el pasado (esto también se observa en la Bauhaus) y la consiguiente creación de un lenguaje universal. Al igual que Descartes, estos vanguardistas, crearon un sistema nuevo sin ninguna conexión con el pasado y que sentaría las bases del pensamiento posterior. Por otro lado, también suponen una superación de las ideas del eclecticismo: por vez primera se encontraba un estilo completamente universal y libre de trabas. Los eclécticos estaban equivocados cuando intentaban encontrar un lenguaje universal en la mezcla del pasado (el esperanto es una buena muestra de ello): en le “era de la máquina” el lenguaje era el de las máquinas y las ciencias que los fundamentaban, las matemáticas y la física. En definitiva, un lenguaje abstracto y de fácil comprensión por cualquier individuo del planeta; un lenguaje abstracto debía expresarse con símbolos también abstractos, de ahí el nacimiento de las nuevas formas totalmente rompedoras. Así, el periodo de las vanguardias supuso una época de renovación y optimismo para las artes, que encontraban así nuevas formas para su desarrollo, en perfecta consonancia con la situación sociopolítica del momento. Claro ejemplo de este nuevo lenguaje es el constructivismo ruso

La historiografía suele situar el culmen de las vanguardias con la exposición del Estilo Internacional, realizada en 1932 por Hitchock y Johnsons. Pero este muestrario, que teóricamente abarcaba todas las referencias a esta nueva arquitectura internacional y moderna, no fue sino el intento de definir un nuevo estilo, eso sí, totalmente desvinculado del repertorio tradicionalista anterior. Lo resultante fue un estilo “ecléctico” en el que la arquitectura será entendida como volumen, habrá un predominio de la regularidad en la composición y ausencia de decoración. A esto se le unió un marcado resentimiento hacia el tradicionalismo aunque no con los planteamientos de la arquitectura vernácula (en algunos casos). Este “estilo internacional” aglutinó a su alrededor todas las tendencias del Movimiento Moderno, aunque escogiendo sólo aquellas obras que representaban los principios que se consideraban como definitorios de un estilo internacional. Por otro lado, las monumentales monografías que de estos grandes maestros se editaron contribuyeron a su difusión por todo el mundo y, ante la falta de la antigüedad como referencia, sirvió de referencia a las nuevas generaciones, que acabaron imitándolas como cien años antes se imitaba el gótico o el renacimiento.

La influencia de los maestros del Movimiento Moderno ha llegado hasta nuestros días; pero, ¿hasta qué punto esta influencia no se ha convertido en una referencia y en un estilo a imitar? En el siglo XIX se imitaban la Antigüedad y la Edad Media porque eran épocas gloriosas de la humanidad. A finales del siglo XX y principios del XXI se imita la arquitectura del Movimiento Moderno porque se considera que es lo mejor. Pero ese gusto prejuicioso (que aquí no se emplea con sentido peyorativo sino que indica un estado a priori de nuestro pensamiento arquitectónico) impuesto a priori por profesores y académicos ha acabado por convertirse en una norma a seguir dentro de las escuelas, hasta tal punto que existen programas de la asignatura de Proyectos I (Taller B de 1º) en los que uno de los primeros ejercicios es hacer una casa al estilo de Mies van der Rohe, nada más lejos de un nuevo eclecticismo neomiesvanderroheriano, que junto con el neolecorbuseriano constituyen los pilares sobre las que se sientan las metodologías proyectuales de muchos profesores. Éstos a su vez critican vehementemente las recientes reinterpretaciones del clasicismo (posmodernismo y neoneoclasicismo), sin darse cuenta que esa vana imitación de la antigüedad que ellos critican no es peor que la que ellos realizan de la modernidad.

Aunque actualmente hemos de admitir la existencia de nuevas corrientes de arquitectura (Gehry, Foster, Calatrava…) que renuevan el lenguaje, se ha de tener en cuenta que grandes arquitectos que han destacado de entre la convencionalidad siempre los ha habido, mientras que los demás han seguido de un modo u otro sus ideas ó las ideas de los anteriores: cuando Brunelleschi construyó la cúpula de santa María de las Flores, toda Europa seguía construyendo en formas góticas, y mientras Alberti ó Miguel Ángel realzaban sus obras, grandes masas de artistas de segunda categoría les imitaban en su repertorio.

Por otro lado, cabe admitir que desde el siglo XVI hasta el XX (si exceptuamos el periodo de las vanguardias-) no ha habido ninguna corriente renovadora en la arquitectura. El renacimiento, en sus inicios no fue otra cosa que una sistematización de elementos de la antigüedad para aplicarlos a los nuevos edificios; aunque podríamos considerar el manierismo como vanguardia, el lenguaje que emplea sigue procediendo de otras referencias. El Barroco únicamente supuso una mayor distorsión del lenguaje clasicista, y del renacimiento y romanticismo ya hemos hablado. Por tanto, podemos atrevernos a afirmar la existencia de tres grandes periodos arquitectónicos en Occidente (obviamos la arquitectura anterior a Grecia y la oriental, por razones de brevedad): la arquitectura grecorromana, el gótico y las vanguardias del siglo XX. Nótese que estos últimos han surgido como reacción al lujo y extravagancia de periodos anteriores; el gótico cisterciense se opuso al románico cluniacense, y las revolucionarias vanguardias a los recargados eclecticismos. Incluso podría admitirse que todo movimiento renovador surge como reacción a periodos de excesiva ornamentación y recargo, teniendo esta tendencia reaccionaria generalmente sus bases en periodos anteriores de sobriedad ornamental.

Esto nos lleva a un debate espinoso sobre la originalidad en la arquitectura y si esta pasa por la definición de un estilo personal, gran falacia, pues hasta en el más rompedor de los arquitectos es posible encontrar una referencia a un segundo. Este debate pasa por la pregunta de hasta qué punto es lícita la imitación de otras arquitecturas, pues toda imitación, si no es racional (y el eclecticismo “neomoderno” tiene tan poco rigor como el gótico victoriano ó el neobarroco) pasa por ser un pastiche. Por tanto, ahora también construimos tartas de cumpleaños, pero con menos guirnaldas de merengue en su superficie. No es nuestro objetivo anatemizar la imitación de otros estilos, sino hacer ver que si imitar otros estilos es malo, mejor no hacer arquitectura, pues toda ella pasa por la imitación de una preexistencia.

domingo 12 de julio de 2009

Todo lo que siempre quiso saber sobre el eclecticismo pero nunca se atrevió a preguntar (II)

Hasta ahora hemos dado las líneas generales del entorno teórico en el que se mueve el arte justamente anterior a la era de los eclecticismos. En esta segunda parte veremos cómo influyen en la arquitectura estos planteamientos y cómo acaban desembocando en los eclecticismos y su crisis hasta la Primera Guerra Mundial.

Antes de continuar conviene hacer unas referencias a la situación cultural de la Europa de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, la Europa prerromántica. No obstante, este periodo es de muy difícil acotación, y aunque sus inicios suelen hacerse coincidir con la Revolución Francesa, no resulta difícil datar el prefacio de este movimiento en la década de 1750. Esta década supuso decisivos cambios en la cultura europea, el paso decisivo del barroco tardío y rococó al neoclásico. Baste decir que los dos grandes genios del barroco: Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel murieron en 1750 y 1759, respectivamente y que en 1756 nace el genial Wolfgang Amadeus Mozart, que con sólo 4 años ya componía e interpretaba como los más geniales virtuosos de la época, y cuyas obras nos muestran a la perfección el gigantesco contraste existente entre estas dos épocas separadas por la crucial década.En lo que arquitectura respecta tenemos dos claros ejemplos de contrastes entre una y otra época: Vierzehnheiligen (la iglesia de los Catorce Santos) de Balthasar Neumann, comenzada en 1743, y Sainte-Geneviève (el Panteón de París) de Jacques-Germain Soufflot, en 1757. Tan sólo catorce años separan estas iglesias, pero entre ellas se extiende un inmenso abismo cultural que, al igual que en música, muestra el profundo cambio experimentado en aquella época; por un lado, Neumann, que domina a la perfección el soberbio repertorio del barroco tardío y nos muestra una sofisticada exhuberancia provinciana; por otro, el pedante y revolucionario Soufflot, representante de una severidad gráfica cosmopolitana sumamente inestable. Posteriormente el revolucionario Panteón parisino recibiría críticas de Jean Nicolas Louis Durand, quien aludiendo a inútil derroche de materiales, abogaría por un estilo todavía más depurado y económico, fiel representante de la corriente empírica de la que él es uno de sus máximos exponentes.

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Baltasar Neumann, Vierzehnheiligen (Alta Franconia, Alemania), 1743

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Jacques-Germain Soufflot, Sainte-Geneviève (Panteón de París), en 1757

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Crítica de Jean Nicole Louis Durand a la Iglesia de Soufflot, (Lecciones de Arquitectura, 1804)

Todos estos cambios más bien parecen anunciar el culmen de la ilustración que el nacimiento del romanticismo. Es en esta época cuando comienza a desarrollarse la arqueología como ciencia y no como simple coleccionismo y expolio. La monumental obra de Winckelmann y las exhaustivas mediciones y levantamientos de edificios clásicos que se hicieron en la época expresan a la perfección las intenciones, enciclopedistas por excelencia, del pensamiento ilustrado. Pero mientras se hacía esta colosal y exhaustiva compilación de los restos de la antigüedad, tenemos a un Piranesi que realiza sus grabados: lúgubres cárceles y recargadas imágenes de ruinas clásicas con cierto sabor exótico, que anuncia ya la primera pintura romántica. Sin embargo, Piranesi no fue el único en captar ese exotismo que producía lo desconocido; aquellos que realizaban grandes viajes por Europa y Asia Menor para estudiar los monumentos clásicos se veían abrumados por la cantidad de información alternativa que recibían, sobre todo la de influencia islámica. Esto que en un principio fue sólo sorpresa e incluso admiración ante formas diferentes a las convencionalmente clásicas (pero tan influenciadas por ellas), se convertirá en el siglo XIX en una cantera de motivos decorativos cada cual más pomposo con el que satisfacer a la nueva sociedad burguesa ávida de los lujos y ostentaciones del Antiguo Régimen, con el que acabaría identificándose. Pero vamos demasiado rápido. Detengámonos ahora en la Inglaterra del siglo XVIII, que ya es casi primera potencia mundial; será en esta sociedad de mentalidad burguesa, y por tanto comerciante y emprendedora, en la que dará sus primeros pasos el romanticismo.
Estos primeros pasos surgieron como alternativa al palladianismo. Los principios de la arquitectura de Palladio encontraron un excelente ámbito de aplicación en la campiña inglesa, dadas las análogas características que esta compartía con la situación del Véneto en el siglo XVI. Así, cada latifundista poseía, además de una casa en Londres, una residencia rural en un estilo discreto y moderado, sin por ello dejar de ser noble. La influencia del arquitecto italiano seguía en boga a mediados del siglo XVIII, época en la que empiezan a perfilarse nuevas alternativas, debidas sobre todo a la incesante sed de conocimiento que caracterizaba la ilustración. Así, comenzaron a aparecer publicaciones con planimetrías exactas de los edificios clásicos grecorromanos, que acabaron por desbancar las teorías de Palladio (el cual en sus escritos defiende teorías erróneas). Esto hizo aparecer a la historia de la arquitectura bajo una luz completamente distinta, hecho que cambió aún más cuando también se redescubrió la Edad Media.

Aunque en Inglaterra nunca había existido una ruptura total con el repertorio formal gótico (el llamado gothic survival del renacimiento tudor- y barroco secular inglés), es en el siglo XVIII cuando se le da a este la misma categoría de importancia que las ruinas clásicas; ahora, además de los templos y basílicas, se estudiarán y se publicarán planimetrías de catedrales y monasterios ingleses. En ambos tipos de publicaciones se apreciaba la misma estética pintoresquista que en Piranesi, pero que aquí influyó de una manera inmediata en la concepción del edifico y el paisaje: éste ahora deberá identificarse con el entorno, luego todo el repertorio clasicista, con su perfecta simetría y elementos repetitivos, es sustituido progresivamente por formas asimétricas y repertorio formal basado en el gótico (pasaremos en breve a tratar su evolución). Las primeras apariciones de este neogótico tuvieron lugar en villas rurales a las que sus propietarios preferían dar un toque pintoresco en vez del monumental propio del palladianismo. Así, se comenzaron a construir villas de planta asimétrica, con un aspecto exterior abigarrada por la presencia de saledizos y entrantes, frontones, torres, pináculos, arcos ojivales, ventanas treboleadas y corona de almenas, que debía imitar la estructura progresiva de una construcción medieval. Sin embargo, el repertorio formal empleado era menos riguroso que el del también contemporáneo greek revival (versión más depurada del neoclásico basada en todos los estudios publicados en Inglaterra sobre los templos clásicos). Los criterios seguidos eran puramente decorativos; se tomaban elementos pertenecientes a diferentes obras y periodos del estilo gótico inglés o francés, todo a escala reducida y fabricado con revoque, madera ó papel maché, pintado en vivos colores y completado con la colocación de espejos; “un mudo artificial y frívolo” que aún tenía mucho que ver con el rococó y poco con la seriedad arqueológica que iba a caracterizar a este estilo ya en el siglo XIX. Brillantes ejemplos de los inicios de este estilo son las villas de Strawberry Hill y Arbury Hall, inmensos complejos que representaban también de proyección real de los relatos de las novelas góticas, auténticos best-sellers de la época. Al igual que la novela de caballería española (pero con una proyección mucho más fuerte, por cuanto los lectores podían imitar sin dificultad la vida y costumbres de los personajes), este género encontró su auge en una brillante novela que a su vez le sirvió de fin: La abadía de Northanger, de Jane Austen, en la que, de un modo muy irónico, narra la peripecias de una joven aficionada a las novelas góticas que pasa una temporada en una pintoresca propiedad con todas las características de este castle style.

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Interior neogótico de Strawberry Hill. John Cute, 1748.

Poco después, en 1820-1830, la concepción romántica y pintoresca del neogótico inglés empezó a retroceder ante la tendencia creciente a imitar con fidelidad las estructuras arquitectónicas medievales. El estudio y la documentación de los edificios góticos originales fueron dando unos conocimientos más exactos sobre las diversas formas de diseño y construcción. Además, restaurando edificios medievales, casa vez más arquitectos adquirían experiencia, que luego aplicarían en sus propias obras. El “gothic revival” empezó a ser considerado como un estilo serio fuera del ámbito de la construcción de casas de campo y comenzó a competir con el clasicismo dominante. Naturalmente, uno de los primeros campos que conquistó el neogótico fue al construcción de iglesias, ya que se consideraba el estilo cristiano por antonomasia. Así, muchas de las iglesias de los nuevos barrios y ciudades industriales se construyeron empleando el lenguaje formal gótico, empleando como modelo formal el gótico tardío inglés, el Perpendicular. Como en las iglesias neoclásicas, el edifico se caracteriza por la presencia de una torre occidental de gran altura, ero aquí se han añadido además ventanas de tracería, contrafuertes y pináculos. Estas iglesias emulaban el gótico tanto en forma como en construcción, aunque hay varios ejemplos de mezcla de estructuras góticas y técnicas modernas, como la parroquia de St. George en Liverpool (1812-13), del arquitecto Thomas-Rickman, en colaborador con el fabricante local de hierro John Cragg. El interior está hecho completamente con hierro colado, incluso la tracería de las ventanas. El empleo de nuevos materiales para edificios historicistas será ya una constante varias décadas después; esta combinación de técnicas tendrá defensores y enemigos (con más ó menos matices). Entre estos últimos se encuentra John Ruskin, quien en sus escritos pone de manifiesto la repugnancia de los victorianos de su época por la mecanización, que les ahoga con sus productos falsos y de baja calidad artística; y su deseo de volver a los tiempos más ingenuos de la artesanía.

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Thomas-Rickman. Iglesia de St. George, Liverpool (1812-13)

Por otro lado, sus teorías tienen un marcado carácter moralista, y arremete contra todo aquello que en construcción resulta falso ó enmascarado: el pintar los materiales para simular algo que no son, el aceptar los ornamentos fabricados por medio de máquinas, lo que supone una suplantación de la mano del hombre y por tanto un error moral. Aboga entonces por el retorno al uso de los materiales “venerables” (piedra, arcilla, madera), aunque esto plantea un grave dilema, pues el hierro y el vidrio eran materiales que iban ganando cada vez más terreno. Ruskin cree resolver sus contradicciones aceptando el hierro como una prudente ortopedia y lanza su axioma de que los metales deben usarse como cemento y no como soporte. Y ante el uso del hierro como soporte (en obras como el Cristal Palace de Londres), se atreve a contradecirse presumiendo, y casi intuyendo, que en un futuro próximo podrá desarrollarse un nuevo sistema de leyes arquitectónicas enteramente adaptado a al construcción metálica.

En la línea de los defensores del empleo de materiales modernos y repertorios antiguos tenemos a William Morris y a Eugéne-Emmanuel Viollet-le-Duc. El primero sigue una línea similar a la Ruskin, su maestro, pero con ciertos matices que hacen que su teoría pueda adaptarse mejor (aunque no del todo) a la situación de la época. Morris se preocupaba más por la producción del objeto que por éste en sí (como hacía Ruskin), por lo que en algunas ocasiones defiende el uso de máquinas siempre bajo una mirada racional y sin convertirse en esclavo de ellas. En sus escritos no exige al destrucción de las máquinas como instrumentos, sino del sistema capitalista, y profetiza el triunfo de una revolución socialista que acabará con las grandes ciudades industriales y dará lugar a pequeñas comunidades artesanales. El marcado carácter utópico de sus propuestas les llevan al mismo fracaso que los demás intentos de la época. Con todo, el ejemplo que nos ofrece su Casa Roja y los talleres que creó, sirvió de guía y modelo a los movimientos del primer tercio del siglo XX, que suponene la culminación del arts and Crafts que él inició.

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William Morris y Philip Webb. Casa Roja, Londres (1859)

Las teorías de Viollet-le-Duc constituyen el opuesto a las de Ruskin. Éste último rechazaba toda restauración de piezas perdidas ó terminación de las incompletas, por cuanto era imposible restituir el alma del artista que la realizó. Esto último estaba muy en línea con la teorías pintoresquistas de las ruinas, que veían al belleza de lo antiguo en el paso del tiempo por las mismas. Hasta los edificios contemporáneos eran imaginados en ruinas para darle mayor romanticismo a al obra del arquitecto (como las acuarelas de John Soane con las vistas en ruinas del banco de Inglaterra).

Viollet-le-Duc, sin embargo, abogaba por la terminación y reparación de estas piezas, pero siguiendo una unidad de estilo. Esta teoría hubiera sido revolucionaria un siglo antes, cuando era normal que un edificio comenzado en la edad medias se terminara trescientos años más tarde en un estilo completamente distinto que podía atrofiar sin problemas parte de la estructura antigua para colocar la nueva y moderna; pero ahora, una vez mejorado el conocimiento de la Edad Media, se apetece terminar las obras empezadas en este periodo siguiendo una línea proyectual similar a la de la época. Así, las grandes catedrales de Europa (Colonia, Milán, Sevilla…, que durante siglos habían aparecido en los grabados como gigantescos cuerpos inconclusos) se finalizaron en el mismo estilo en el que se iniciaron, eliminando en algunos casos las añadiduras barrocas y renacentistas.

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La ciudad medieval de Carcasona fue restaurada por Viollet-Le-Duc en 1849

Pero además de la teoría de la unidad de estilo, Viollet-le-Duc creó la teoría del racionalismo estructural, según la cual la arquitectura moderna debía ser sobre todo utilitaria y buscar al mejor adapatación a la necesidades de sus destino, manteniendo al decoración dentro de los más discretos términos. Estos principios precursores del funcionalismo le permitieron crear soluciones muy curiosas para el empleo del hierro. Curiosamente, esta teoría que supone la culminación de sus ideas, parte de las mismas premisas de Ruskin, a saber, que ya había pasado la época de la gran arquitectura y que ya no podía construirse como antes, sólo recapitular y restaurar.

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Eugene-Emmanuel Viollet-Le-Duc. Diseño para una sala de conciertos siguiendo los principios góticos aplicados a los nuevos materiales, 1864. (De Entretiens sur l’architecture)

sábado 11 de julio de 2009

El clasicismo en Flandes (V). Malinas

A diferencia de otras ciudades flamencas, Malinas, tras un periodo de gran prosperidad en la Baja Edad Media y principios del siglo XVI (como sede de la corte de los Gobernadores de los Países Bajos Felipe el Hermoso, primero, y Margarita de Austria después), y otro de inestabilidad durante la Guerra de los Ochenta Años (que provoca el traslado de toda la población y monasterios extramuros al interior de la ciudad), vive durante el siglo XVII un periodo de calma y prosperidad. La ciudad fue víctima de las purgas iconoclastas calvinistas en 1566, de la “Furia Española” en 1572 y de la “Furia inglesa” en 1580. Finalmente en 1585 Alejandro Farnesio recupera la ciudad para la Monarquía Hispánica y se inicia su reconstrucción, destacando las manufacturas de paños y muebles que aún hoy dan fama a la ciudad.

Como testigo de la prosperidad de la ciudad bajo el gobierno de Margarita de Austria podemos admirar su Palacio, actual tribunal de Justicia. Se trata de una construcción a caballo entre la arquitectura doméstica medieval y las nuevas aportaciones del Renacimiento. Margarita de Austria inicia su gobierno en 1507 residiendo en un edificio medieval que resultaba pequeño para la corte, por lo que a partir de 1517 se inicia su ampliación, de la mano del arquitecto Rombout Kelderman II, que se prolongan hasta la muerte de la archiduquesa en 1530. El edificio pasó a propiedad del municipio, que lo vende en 156 al primer arzobispo de Malinas (declara archidiócesis en 1559), y lo compra nuevamente en 1609 para ubicar la sede del Gran Consejo de Malinas hasta 1795, cuando los revolucionarios franceses derogan los privilegios de la ciudad. Entre 1876 y 1885 el arquitecto L. Blomme le realiza una restauración en estilo para darle un aspecto lo más renacentista posible. Todavía hoy sirve como sede al tribunal.

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Palacio de Margarita de Austria en Malinas. Exterior

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Palacio de Margarita de Austria en Malinas. Detalle de la fachada

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Palacio de Margarita de Austria en Malinas. Vistas del patio.

Con el traslado intramuros del Beguinaje de Malinas fue necesario construir nuevas instalaciones para las beguinas, entre las que se incluye una nueva Iglesia dedicada a San Alejo y Santa Catalina. Fue iniciada por el arquitecto jesuita Pieter Huyssens en 1629, continuada por Jacques Francart hasta 1645 y terminada por el arquitecto malinés Lucas Faydherbe. Su interior presenta la planta basilical de tres naves prototípica de las Iglesias de la Contrarreforma. A diferencia de otras Iglesias que hemos comentado, con naves separadas por columnas otorgándoles un aspecto liviano, aquí la separación se hace a partir de arcadas entre pilastras corintias con su entablamento completo, aumentado la masa muraria, y confiriendo un aspecto mucho más italiano, con referencias directas a las separaciones entre naves de las iglesias renacentistas italianas, como Il Gesù de Roma o la propia Basílica de San Pedro. La fachada exterior tiene dos niveles (dórico y corintio sobre pedestales con sus entablamanentos completos) y un ático a modo de edículo con una representación escultórica de Dios Padre. Lucas Faydeherbe fue un arquitecto, pintor y escultor malinés, muy activo en su ciudad. Discípulo de Rubens, esculpió varias esculturas para la Catedral de Malinas, participó en la construcción de la Iglesia del Beguinaje y construyó las Iglesias de Nuestra Señora de Leliëndaal y la Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk. Considerado en su época como un mal arquitecto aportó ciertas innovaciones estructurales, como ahora veremos.

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Iglesia del Beguinaje de Malinas. Escorzo de la fachada

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Iglesia del Beguinaje de Malinas. Detalle del remate de la fachada

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Iglesia del Beguinaje de Malinas. Interior

La Iglesia de Nuestra Señora de Leliëndaal era la Iglesia del convento norbertino (premonstratense) y se consta de una sola nave con muros divididos por pilastras jónicas almohadilladas. La iglesia sufrió diversos problemas durante su construcción, derivados de una inadecuada transmisión de cargas y los retrasos en las obras dejaron la fachada inconclusa. El actual acceso es una solución de emergencia: un gran muro de ladrillo cierra la nave; está compuesto por dos niveles de pilastras almohadilladas dóricas bajo corintias y sus entablamentos completos. El tramo central, más ancho, alberga una hornacina con una escultura de la Virgen.

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Iglesia de Nuestra Señora de Leliëndaal. Fachada

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Iglesia de Nuestra Señora de Leliëndaal. Interior

La Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk es un popular centro de peregrinación en Malinas, construido en honor a un milagro realizado por la Virgen en el siglo X cuando liberó unos barcos estancados por los sedimentos del río. En 1663 se decide encargar a Lucas Faydherbe la construcción de una nueva Basílica, que destaca sobre todo por su gran cúpula de 15,50 metros de diámetro y 34 metros de altura. La cúpula está situada en el centro de la nave y configura una rotonda que facilita las procesiones. La ausencia de grandes contrafuertes unido al empleo de columnas como medio de separación de las naves y sustento de las bóvedas, hicieron que el arquitecto tuviera que idear un sistema para la transmisión de las cargas que evitara el colapso de la estructura por falta de contrarresto de los esfuerzos horizontales. La solución consistió en unos tirantes de hierro alrededor de la cúpula (que impedían los empujes horizontales) y que fueron ocultos con estucos. La fachada consta de dos niveles, dórico sobre zócalo con su entablamento completo bajo jónico sobre pedestal con su entablamento completo y rematado por un frontón partido. El espacio del pedestal del orden superior se aprovecha para colocar otro frontón partido que da dinamismo a la fachada. La sobriedad de la misma se ve interrumpida por los arcos almohadillados de las puertas de acceso.

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Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk de Malinas. Fachada

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Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk de Malinas. Vista general

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Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk de Malinas. Rotonda interior

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Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk de Malinas. Altar Mayor

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Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk de Malinas. Interior de la cúpula

Los Jesuitas se establecieron en Malinas en 1580, construyendo una pequeña capilla, inaugurada en 1611, cerca del antiguo Palacio de Margarita de Austria, en esos momentos residencia del Arzobispo. En 1622, tras la canonización de San Francisco Javier, fundador de la Compañía de Jesús, se plantea la construcción de una iglesia más grande. Las obras no se inician hasta 1670 de la mano del arquitecto jesuita Antoon Losson y se pueden dar por finalizadas en 1677, aunque no es consagrada hasta 1694. Tras la abolición de la compañía en 1773 la Iglesia se convierte en Parroquia bajo la advocación de San Pedro y San Pablo. El interior es una planta basilical de 60 por 27 metros, con tres naves separadas por columnas compuestas bajo arcadas, lo que le confiere un aspecto muy diáfano gracias también a la ligereza de las bóvedas. La fachada se compone de un solo orden colosal compuesto con su entablamento completo, partido en el vano central para dar paso al ático, coronado con el monograma de la compañía de Jesús (JHS, Jesús Hombre Salvador). Las tres puertas de acceso son un claro ejemplo de ese manierismo exagerado que caracterizó el clasicismo de los Países Bajos; las puertas laterales son puertas palladianas interrumplidas por almohadillados y rematadas por un trontón triangular y una enorme clave.

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Iglesia de San Pedro y San Pablo de Malinas. Contexto urbano

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Iglesia de San Pedro y San Pablo de Malinas. Detalle de la fachada

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Iglesia de San Pedro y San Pablo de Malinas. Detalle de un capitel compuesto

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Iglesia de San Pedro y San Pablo de Malinas. Detalle de una de las puertas laterales

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Iglesia de San Pedro y San Pablo de Malinas. Interior

En 1835 se construye el ferrocarril Bruselas-Malinas, el primero de la Europa Continental. La primera estación era un edificio sencillo que, por la novedad de la tipología, no satisfacía del todo las necesidades de la misma. En 1888 se construye una nueva estación, siguiendo las pautas del eclecticismo “Beaux Arts” importado de Francia, que destacaba sobre todo la proeza técnica de su gran bóveda metálica, mayor que la de la estación central de Amberes. Lamentablemente, en 1958, en medio de la euforia moderna que caracterizó la Exposición Universal de Bruselas, las autoridades malinesas deciden demoler la estación y construir una nueva siguiendo las pautas del Movimiento Moderno. Desapareció por tanto el edificio ecléctico y su gran bóveda, siendo sustituidos por un conjunto de miserables pérgolas para el apeadero y un anodino bloque moderno para la estación.

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Estación de Malinas. Fotografía antigua

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Estación de Malinas. Maqueta del edificio de 1888

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Estación de Malinas. Estado actual

viernes 10 de julio de 2009

El clasicismo en Flandes (IV). Lovaina

Lovaina es una ciudad universitaria. Su Universidad Católica fue fundada en 1425 y es una de las más antiguas del mundo. Toda la vida de la ciudad ha girado en torno a la Universidad, por la que pasaron, como docentes o como alumnos, grandes humanistas como Erasmo de Rótterdam, el español Juan Luis Vives, el médico Andrea Vesalio o el cosmógrafo Gerardo Mercator. Además fue un gran centro productor de paños y, desde el siglo XVIII, de cerveza.

El Ayuntamiento de Lovaina es una esbelta construcción gótica que se complementa con el cercano Tafelrond, un edificio neogótico que, como sucedió en Brujas con la bolsa, sustituía a un edificio neoclásico que a su vez sustituyó a otro medieval deteriorado y descuidado.

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Ayuntamiento de Lovaina

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Tafelrond

Lovaina también tiene su Iglesia de los Jesuitas, San Miguel, construida entre 1650 y 1671 por el Padre Guillermo de Hesius. Al ser unas décadas posterior a las Iglesias de Huyssens, la de San Miguel de Lovaina refleja los cambios en la arquitectura barroca en esos años. El interior sigue un esquema basilical con naves separadas por arcadas sobre columnas jónicas. La fachada está dividida en dos niveles que hacen eco de la distribución espacial interior con un único cuerpo central más elevado, en consonancia con la nave central, unido a los laterales mediante volutas. El nivel inferior es de orden jónico con el entablamento completo y se compone de tres cuerpos separados por pilastras dobles en los extremos y semicolumnas apareadas en el centro. Un frontón partido convive con los pedestales del orden del único cuerpo del segundo nivel, compuesto con su entablamento completo. Sobre éste, un ático flanqueado por jarrones y coronado por un frontón partido alberga un gran escudo de la Compañía de Jesús. Unas bandas horizontales de piedra acentúan el ritmo de la fachada a la vez que crean una tensión horizontal frente a su acusada verticalidad.

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San Miguel de Lovaina. Fachada

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San miguel de Lovaina. Interior

El prestigio de la Universidad motivó la construcción de nuevas instalaciones y Colegios Universitarios que, además de acoger a los alumnos, cumplían funciones docentes e investigadoras. Estos edificios resultan muy interesantes por cuanto aúnan las funciones de bibliotecas, residencias, aulas y grandes salas de recepción. Destacan a ese respecto el Colegio Adriano VI, con una fachada de orden colosal compuesto con sus intercolumnios ocupados casi en su totalidad por arcadas; el colegio de la Santísima Trinidad combina las construcciones vernáculas con una portada en orden rústico; y el Gran Salón Universitario, por su armonía a pesar de carecer de un orden arquitectónico definible como tal.

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Colegio del Papa Adriano VI. Lovaina

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Colegio de la Santístima Trinidad. Lovaina

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Gran salón Universitario. Lovaina

Gracias a la Universidad la ciudad no se vio afectada por la decadencia comercial que sufrieron otras ciudades flamencas. El ferrocarril llega a la ciudad en 1837, pero hasta 1875 no se construye la actual estación, que sigue los patrones del eclecticismo “Beaux Arts” importado de Francia. La estación además está precedida por una gran plaza rectangular que da la bienvenida al viajero.

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La estación de Lovaina en 1917

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La estación de Lovaina en la actualidad

Durante las dos Guerras Mundiales Lovaina sufrió graves destrucciones por parte del ejército alemán. En 1914, al inicio de la Primera Guerra Mundial, la Biblioteca de la Universidad ardió tras un bombardeo, perdiéndose gran cantidad de manuscritos, mapas y libros impresos, y levantando gran indignación en la comunidad internacional. Como parte del Plan de Socorro a Bélgica, el Gobierno de Estados Unidos decidió regalar a la ciudad un nuevo edificio para su biblioteca, siendo el encargado de realizarlo el arquitecto Withney Warren.

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Plaza Ladeuze. Biblioteca de la Universidad de Lovaina.

Warren se documentó cuidadosamente en la arquitectura belga y ofreció una brillante pieza historicista que entronca con la tradición de edificios municipales flamencos. La Biblioteca es un edificio alargado con una arcada de once vanos en planta baja que se corresponden con sendos ventanales en planta primera, combinando magistralmente piedra blanca y ladrillo. Ocupando los tres vanos centrales se destaca el acceso con semicolumnas jónicas en el primer nivel rematado por un gran gablete con dos niveles de órdenes, corintio y compuesto, que se van estrechando y vinculándose con el anterior mediante volutas. Acompaña a la biblioteca un gran campanario que recoge también la influencia vernácula y clásica. A pesar de la rápida reconstrucción en la Segunda Guerra Mundial fue nuevamente destruida por el fuego cruzado entre británicos y alemanes, pero afortunadamente reconstruida donde estaba y como era.

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Biblioteca de la Univerdidad de Lovaina. Detalle del gablete

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Nuevo Museo Municipal de Lovaina. Sobre un pórtico dórico se anexa el volumen moderno, ofreciendo una solución de compromiso dentro del centro histórico.

miércoles 8 de julio de 2009

Todo lo que siempre quiso saber sobre el eclecticismo y nunca se atrevió a preguntar (I)

Eclecticismo es un término generalmente peyorativo que designa la libre tendencia a utilizar los estilos del pasado y que, por defecto, se aplica a toda la producción arquitectónica del siglo XIX. Aún así, no todo fue imitación banal y escasamente rigurosa de todo cuanto fuese anterior al siglo XVIII, sino que también aparecieron líneas muy ortodoxas de investigación y recuperación de estilos artísticos antiguos. Los “revivals” ó “neos” suponen el reflejo (aunque algo distorsionado) de las aspiraciones del romanticismo.

Básicamente, todo el panorama que trataremos puede resumirse como un proceso de subjetividad progresiva, cuya culminación se alcanza en el romanticismo y que sigue ejerciendo influencia hasta nuestros días. Una breve síntesis de este recorrido desde la Edad Media hasta principios del siglo XIX se hace necesaria como introducción general a toda esta primera parte. El objetivo de la misma es, mediante un desarrollo histórico, exponer las diferencias existentes entre eclecticismo e historicismo.

Para hablar del proceso de subjetivización romántica debemos remontarnos al Renacimiento, período en el que, tras el lapsus medieval, el hombre vuelve a ser la medida de todas las cosas. Será éste ahora el centro del universo (aunque en muchas ocasiones bajo la atenta mirada de Dios), y a su vez, estas dos premisas serán las que sienten las bases del Renacimiento y de la Ilustración.

En filosofía, el acento en la relación entre el yo humano y el mundo exterior se aleja cada vez más de la validez de los objetos para acercarse al sujeto. Claro ejemplo de ello es Descartes, quien hace su dubitativa búsqueda de la verdad en la conciencia del sujeto (ego cogito) y no en algo preestablecido (cogitatum). Los fundamentos del sistema filosófico cartesiano encuentran también su clara aplicación en el arte, sobre todo en el humanismo. Así, la aparición de la perspectiva nos habla de la relación entre el objeto pensado y el punto de vista del sujeto observado, contratando con la pintura plana medieval, eminentemente objetiva y que nos habla de verdades sagradas -que no cambian según los puntos de vista-. También estas teorías hacen su eco en el urbanismo. Ya Descartes se quejaba en su Discurso del Método, de la tortuosidad de las calles de las ciudades antiguas, así como la falta de uniformidad en las fachadas, como si fueran obra de la casualidad y no de la voluntad de personas dotadas de razón. En su lugar, reclama la realización de proyectos coordinados por parte de ingenieros, consejo que será aplicado poco después (aunque ya el renacimiento italiano había dado algunos buenos ejemplos de coordinación urbanística).

En lo que respecta a la historia, observamos que a partir del siglo XVI la historia terrenal empieza a ganarle terreno a la historia sagrada; ésta considera los hechos como recompensa de Dios ó como consecuencia del pecado original, luego no da margen de libertad al hombre. Por contraposición, la historia terrenal nos habla de las decisiones de sus protagonistas, libres en todo momento de decidir lo que hacen. Tanto en este aspecto como en el filosófico fue de gran ayuda la invención de la imprenta, por cuanto permitió un progreso en las comunicaciones y facilitó el acceso de la cultura a todos los sectores de la sociedad (de hecho, el objetivo de Gutenberg era que todo el mundo pudiera tener su Biblia).

Este proceso también encuentra su aplicación en lo social: la sociedad aristocrática, en la que el privilegio viene de nacimiento y no tiene nada que ver con la persona que lo tiene, va dando paso a una sociedad burguesa, en la que el individuo debe destacar gracias a su esfuerzo y a la competencia con sus similares. Esta rivalidad impide en principio tener conciencia de grupo, aspecto del que sirve la aristocracia para sus propios fines: banqueros, artistas… Por otro lado, esta individualización sienta las bases de la revolución industrial, ya que con su esfuerzo por ser cada vez más, el burgués es capaz de las más descomunales operaciones y que acabarán desembocando en la aparición del capitalismo burgués como sustituto del mercantilismo de la monarquía absoluta.
Todas estas manifestaciones constituyen las fuerzas motrices de la ilustración. El conocimiento del objeto debe sobrepasar ciertos obstáculos, que nacen del interior del sujeto en forma de prejuicios y emociones que enturbian la razón, o bien que le obstruyen el camino desde fuera, en calidad de autoridades y gobernantes (quienes en ocasiones persiguen la libertad de expresión). Esta lucha y rechazo de todos estos obstáculos reside toda la fuerza explosiva intelectual de la ilustración. Pero esta inversión del objeto al sujeto no conduce a ninguna transformación ideológica, sino que tiende a reordenar lo existente. Esta reordenación pasa por la reconciliación entre antagonismos, en la síntesis de contrarios, y de este modo eliminar los obstáculos que impiden al sujeto alcanzar el perfecto conocimiento. De este modo, el clasicismo tiene como objetivo la síntesis entre Antigüedad y Cristianismo, Ilustración y primer romanticismo, corazón y razón, libertad y causalidad, incluso entre Dios y el hombre. El resultado de acercar las oposiciones históricas, antropológicas y teológicas sirve tanto para las normas estéticas como para las literarias. Encontramos un claro ejemplo de ello en Jane Austen; la genial escritora inglesa supo captar en sus novelas esta síntesis de opuestos. En ellas (sobre todo en Sentido y sensibilidad), la relación entre los personajes está marcada por personalidades opuestas: así, en Sentido y sensibilidad nos narra las vicisitudes amorosas de dos hermanas, una práctica y recatada (que representa al sentido, la razón), y otra más libre y romántica (que representa la sensibilidad y el primer romanticismo inglés).

La idea de obstáculos del conocimiento nos habla de fronteras en el propio proceso cognoscitivo, fronteras que en cierta manera enmarcan el modo que tiene el sujeto de ver el mundo. Dentro de estas fronteras el conocimiento discurre por los rectos caminos de la razón. Pero estos cauces tan regulares y estas barreras del conocimiento que se intentan eliminar acaban por crear también un sistema anquilosado y tendente a la objetivización (la razón -necesaria para el perfecto conocimiento- es universal e idéntica para cualquier individuo). Antagónicamente, pero a la vez muy en línea con lo dicho sobre la reconciliación de contrarios, la progresiva subjetividad que tratábamos desembocó en una nueva objetividad, pero ya no la divina de la Edad Media, sino una basada en la búsqueda de un lenguaje universal que permitiera al sujeto un perfecto conocimiento de la realidad. El hombre salió de las tinieblas medievales iluminado por la razón, pero ésta le deslumbró tanto que acabó cegándole de nuevo.

El romanticismo, por el contrario, intentará superar todas estas barreras e ir más allá de las mismas. Ya no habrá una meta, sino una constante expectativa a alcanzar un nuevo grado de perfección. Ahora se buscará lo universal en lo inalcanzable; el núcleo de partida de la subjetividad se expande como un sistema estelar del universo. Esta expansión, en su inalcanzabilidad, representa un anhelo de ir más allá de los límites de la ilustración. Los límites del conocimiento -lo maravilloso, mágico y sobrenatural-, se convierten de nuevo, como en la ensalzada Edad Media, en el tema preferido.

Esta trasgresión de los extremos, esta marcha incesante que ignora las barrearas y está dominada por pasiones irrefrenables, no puede llegar a ningún sitio en el sistema tradicional, por ello, antes de la destrucción que provocaría, se tiene la alternativa de la ruptura con lo convencional, actos muy típicos del romanticismo (como los suicidios ó las conversiones al catolicismo -más místico que el protestantismo- de muchos románticos). En esta tendencia hacia una estructura abierta, las fronteras de los géneros se vuelven permeables (en bellas artes esto dará lugar a los eclecticismos), libres para poder combinarse creando un verdadero sistema universal. Pero esta permeabilidad y libertad no es irracional y libertina, pues los sentimientos y las pasiones deben pasar por la autorreflexión y la actitud crítica, que configurará una nueva etapa de reflexión que durará hasta nuestros días.

lunes 6 de julio de 2009

El Clasicismo en Flandes (III). Brujas

La horizontalidad de los Países Bajos, unido a sus caudalosos ríos, favorecieron la presencia de enclaves comerciales desde época prerromana, que evolucionaron hasta puertos fluviales durante la Edad Media. Brujas fue el primero de ellos, entrando incluso a formar parte de la prestigiosa Liga Hanseática en el siglo XII. La Baja Edad Media fue el periodo de mayor prosperidad de la ciudad, cumpliendo las veces de nodo entre las rutas comerciales mediterráneas y las bálticas. Durante el siglo XV la ciudad fue sede de la corte de los Duques de Borgoña, lo que atrajo a artistas, banqueros y personalidades relevantes de toda Europa a la vez que se formaba una pujante industria de paños. A finales del siglo XV Brujas tenía unos 200000 habitantes. Pero a principios del siglo XVI el Zwin, el canal que comunicaba la ciudad con el mar, había acumulado demasiados sedimentos y se volvió inservible para la navegación, hecho que marca el fin de la prosperidad de Brujas, que cede el relevo a Amberes.

Pero la ruina de Brujas ha sido lo que ha preservado a esta ciudad de reformas posteriores y lo que le ha dado fama durante el siglo XX como pintoresca ciudad con interesantes ejemplos de arquitectura doméstica medieval además de algunos edificios del periodo clasicista que a nosotros nos interesa.

El arquitecto Pieter Huyssens también construyó entre 1619 y 1642 una Iglesia para los Jesuitas en Brujas, Santa Walburga, sobre una iglesia anterior románica. Al igual que la Iglesia de los Jesuitas de Amberes repite el esquema de planta basilical de tres naves separadas por columnas toscanas. La fachada es quizá la más romana de las realizadas por el arquitecto, con claras similitudes a la Iglesia de Santa Susana en Roma de Carlo Maderno. Se divide esta en dos niveles, el central más elevado en correspondencia con la nave central; el nivel inferior es corintio con su entablamento completo sobre zócalo, con columnas adosadas en el cuerpo central y pilastras dobles en los laterales. El superior es de orden compuesto sobre pedestal (para permitir verlo desde cualquier punto sin que el entablamento del nivel inferior lo oculte); ocupa un solo cuerpo con columnas adosadas y rematado por un frontón partido. Ambos niveles se enlazan mediante volutas.

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Santa Walburga. Fachada

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Santa Walburga. Interior

Cerca de la antigua Catedral de Brujas (San Donato, demolida entre 1799 y 1815) se alza el Palacio Episcopal, un edificio contundente que expresa a la perfección el triunfo de la Contrarreforma. Construido por el arquitecto Cornelius Verhouven, es un edificio compacto, de una sola crujía y dos plantas que se corresponden con dos niveles de órdenes arquitectónicos: jónico sobre zócalo en planta baja, con el entablamento completo, y compuesto en planta primera, sobre pedestal y rematado por balaustres sobre el entablamento completo. Las ventanas ocupan prácticamente todo el intercolumnio, como adaptación de la arquitectura vernácula al clasicismo, lo que da al edificio un aspecto muy ligero. Además hay un marcado contraste entre el azul de la estructura portante de las columnas y el amarillo del cerramiento. Una gran portada rematada por la Verdad, la Caridad y la Justicia, es el acceso principal al edificio, complementado en el otro extremo por una portada similar sin remate añadida a principios del siglo XX para dar más regularidad al edificio.

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Palacio Episcopal de Brujas. Vista general

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Palacio Episcopal de Brujas. Detalle de la portada

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El Palacio en una foto de principios del siglo XX

El triunfo de la reforma anglicana en Inglaterra provocó la emigración de muchos católicos ingleses a Francia y Flandes. En 1629 se funda el Convento Inglés para la acogida de los católicos ingleses perseguidos. El convento creció poco a poco y llega a su forma actual en el siglo XVIII, cuando el arquitecto Henry Pulinx construye la Iglesia. La fachada, actualmente cegada (sólo se puede acceder desde el interior del convento) está flanqueada por pilastras compuestas pareadas sobre zócalo con un entablamento completo rematado por un frontón curvo. El entablamento está partido para permitir un arco que ilumina el interior. Se trata de un ejemplo del palladianismo inglés en un momento en el que Europa continental se dejaba seducir por las extravagancias del rococó.

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Convento Inglés. Fachada

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Convento Inglés. Detalle de la fachada

En la misma Plaza del Burgo, rodeado de edificios góticos y neogóticos entre los que hay que destacar la Basílica de la Santa Sangre, se erige el Landhuis (Tribunal), sobria construcción de 1726, obra del Arquitecto Jan van der Crayce. Es de planta cuadrangular distribuida en torno a un patio con un gran acceso a través de un pórtico dórico.

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Tribunal de Brujas. Exterior

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Tribunal de Brujas. Interior

En 1745 se decide trasladar el mercado del pescado desde Grotte Markt al norte de la ciudad. El mercado permaneció al aire libre hasta 1821 cuando el arquitecto Jean Robert Colloigne construye unos pórticos para albergar los puestos, dando lugar a un bello ejemplo de arquitectura civil neoclásica. Los pórticos de columnas toscanas sin pedestal, rodean toda la plaza y un gran arco de medio punto da paso al patio interior, en cuyo centro hay una fuente rematada por un obelisco.

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Vismarkt (Mercado del pescado). Acceso

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Vismarkt. Plaza interior

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Vismarkt. Lateral

La Bolsa de Brujas era un gran edificio cubierto gótico que perdió su razón de ser con la decadencia comercial de Brujas. La falta de mantenimiento hizo que se demoliera a finales del siglo XVIII y fuera sustituido por un gran edificio neoclásico que en 1887 fue sustituido por un edificio neogótico dentro de los programas generales de restauración en estilo de las ciudades históricas y que en Brujas dio ejemplos muy interesantes.

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Vista de la Plaza en el siglo XIX. A la izquierda el Tribunal antes de la reforma neogótica

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El Tribunal en la actualidad

Por último, a caballo entre la arquitectura doméstica y la religiosa está una tipología típicamente flamenca, los Beguinajes. Las beguinas eran mujeres que vivían juntas para llevar una vida religiosa sin pertenecer a ninguna orden. Este ejemplo era relativamente común en toda la cristiandad, si bien solían ser la fase previa a la fundación de un convento, pero en el caso flamenco los beguinajes permanecieron hasta el siglo XIX. El de Brujas se compone de una treintena de casas distribuidas en torno a un patio central y presididas por una iglesia. Está completamente rodeado de muros y se accede por dos grande puertas construidas en el siglo XVIII. Actualmente está ocupado por una comunidad de benedictinas y su visita ofrece unos momentos de paz y tranquilidad en la ya pacífica y tranquila ciudad de Brujas.

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viernes 3 de julio de 2009

El Clasicismo en Flandes (II). Gante

Gante fue uno de los primeros enclaves comerciales e industriales europeos, gracias al comercio fluvial y a las manufacturas de paños. Fundada en el siglo VII por San Amando a partir de dos abadías (San Pedro y San Bavón), durante la Edad Media fue, junto con Brujas, una de las ciudades más grandes y prósperas de Europa. En esa ciudad nació en 1500 Carlos I de España y V de Alemania. A diferencia de Amberes, que se vio favorecida por las políticas comerciales de los Habsburgo, Gante se enfrentó al emperador en la denominada Revuelta de Gante (1539). Tras la revuelta la abadía de San Bavón fue disuelta (aunque se conservó la Iglesia, elevada a rango catedralicio en 1559) y tras las sucesivas guerras de religión de los siglos XVI y XVII perdió toda importancia internacional, entrando en un periodo de decadencia del que no saldría hasta el siglo XIX, con la fundación de su Universidad (1817) y la creación de un nuevo puerto fluvial (1824-1827). A pesar de todo, durante la dominación española y austriaca la combinación de la arquitectura local con los principios de la arquitectura clásica restaurados en el Renacimiento dieron lugar a edificaciones muy interesantes.

El Ayuntamiento de Gante es una prueba física del tránsito entre estas dos épocas. En 1518 se decide sustituir el anterior edificio municipal, concluido en 1484, por otro más grande que pudiera albergar a las autoridades locales y gremiales. Mientras en Roma Rafael Sanzio diseñaba un nuevo proyecto para la Basílica de San Pedro, los arquitectos Rombout Keldermans y Dominik de Waghemakere plantearon una enorme construcción gótica que se vio interrumpida por la Revuelta de Gante cuando sólo se llevaba ejecutado un tercio del total. No es hasta 1598 cuando se continúan las obras, esta vez siguiendo los principios clasicistas. Esta ampliación consta de tres niveles de órdenes superpuestos de columnas adosadas con su entablamento completo y sobre pedestales, frente a los dos niveles de arcadas del edificio gótico. El acceso ocupa dos intercolumnios y está descentrado, aunque su número es impar (19). Las columnas y algunos elementos horizontales del entablamento están pintados de negro, y los capiteles han sido dorados para enfatizar la articulación del edificio. La diferencia de cota entre la calle y la planta principal se salva con una escalinata construida a principios del siglo XIX y que sustituye a una anterior. La fachada contigua ofrece el mismo esquema compositivo pero con pilastras y los gabletes están rematados por dos niveles más de órdenes, que van reduciendo su ancho y relacionándose con el nivel inferior mediante volutas. Los frontones y pináculos que los rematan fueron añadidos en una restauración de principios del siglo XX, como parte del programa de mejora urbana para la Exposición Universal de Gante de 1913.

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Vista general del Ayuntamiento

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Detalle del Orden Dórico

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Detalle de los Órdenes Jónico y Corintio

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Fachada lateral

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Escalinata

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Reconstrucción ideal del Ayuntamiento según el proyecto gótico

Al ser elevada a sede episcopal la Catedral de San Bavón, ya famosa por su retablo del cordero místico, afrontó una serie de reformas destinadas a adaptar su espacio para sus nuevas funciones litúrgicas de la contrarreforma (recordemos que hasta 1540 era iglesia abacial) a la vez que restaurarla después de las acciones iconoclastas de los calvinistas durante su ocupación de la ciudad. Es muy destacable la envolvente arquitectónica del coro así como los cierres de las capillas de la girola, construidas a lo largo del siglo XVII.

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Interiores del Coro de la Catedral

Al igual que en Amberes, las nuevas órdenes religiosas también se asentaron en Gante. El jesuita Pieter Huyssens, que construyó la Iglesia de San Carlos Borromeo de Amberes, proyectó una nueva Iglesia para la Abadía de San Pedro en 1629 bajo el mecenazgo de Isabel Clara Eugenia de Habsburgo, hija de Felipe II de España. La fachada no muestra el abigarramiento que desarrollara el arquitecto en Amberes y en su sobria sencillez recuerda a la arquitectura herreriana española, tal vez por influencia y consejo de la Gobernadora de los Países Bajos. La Iglesia tiene planta cruciforme con una gran cúpula en el crucero y el campanario tras el ábside (curiosidad que se repite en muchas iglesias de Flandes). La nave central y transversal es más alta que las laterales permitiendo que la fachada se estructure en dos niveles, el superior más estrecho y conectado con el inferior por unas sencillas curvas y jarrones. El nivel inferior es de pilastras compuestas sobre zócalo que sobresalen levemente del muro, marcando cierto ritmo. Sobre el entablamento completo el nivel superior se estructura al modo de los áticos de los arcos del triunfo, sin un orden predefinido.

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Planta

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Fachada Principal

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Interior

La Iglesia de los Carmelitas es un interesante ejemplo tanto por su liviana planta basilical dividida por arcadas bajo columnas toscanas, como por su fachada, que es un modelo de transición del barroco al neoclasicismo. Construida por el arquitecto Leonardus van Langenhove entre 1702 y 1713, se divide la fachada en dos niveles adaptados a las diferentes alturas de las naves y conectados entre sí por volutas. El nivel inferior consta de pilastras pareadas toscanas sobre pedestal y con entablamento completo, sobre el que asienta el segundo orden, compuesto, también con su entablamento completo y rematado por un frontón triangular bajo elementos curvos. La puerta de acceso se aleja de la severa composición de la fachada y consta de un arco almohadillado entre semicolumnas compuestas que sostienen un frontón curvo. En el siguiente nivel, y como recuerdo de los antiguos rosetones, hay una ventana semicircular con un frontón sostenido por modillones.

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Fachada

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Interior

Ya dentro del periodo de dominación austriaca cabe destacar una pequeña adición realizada al Belfry, edificio municipal que albergaba el mercado de paños, los juzgados y la cárcel. Se trata de la Mammeloker, la vivienda del carcelero construida en 1741 por el arquitecto David t’Kindt. Es un edificio muy sencillo, de dos plantas almohadilladas con una fachada cóncava rematada por un frontón mixtilíneo que alberga una escultura de la caridad romana, la cual hace eco a la leyenda del preso Cimon, que condenado a morir de hambre, salvó la vida gracias a que su hija Pero le amamantaba durante sus visitas. Lo más destacable es la total ausencia de órdenes (hasta el frontón de planta baja se apoya sobre fustes semicilíndricos) y el marcado carácter estructural de la composición, ya que sólo es muro lo necesario para sostener la estructura dejando el resto de ventanales que den mucha luz al interior de la vivienda.

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Planta del Belfry con el Mammeloker resaltado

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Vista general

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Detalle del frontón con la escultura de la caridad romana

Tras la independencia de Bélgica en 1830 la ciudad empieza una lenta recuperación que se traduce en la restauración “en estilo” de sus iglesias y edificios municipales, siguiendo la teorías de Viollet-Le-Duc que abogaban por un a restauración de los edificios “tal como debían haber sido”, aunque eso implicara eliminar partes posteriores por muy interesantes que fueran (es lo que se ha venido a llamar desbarroquización). Además se construyen edificios de nueva planta siguiendo los principios neogóticos, como el Palacio episcopal y la iglesia de Santa Ana. El último edificio que vamos a comentar de esta ciudad es la Boekentoren, Torre de los libros, que es la biblioteca de la Universidad de Gante. Construida por el arquitecto Henry Van der Velde en 1933 como complemento a las tres grandes torres medievales de la ciudad, se denomina torre del deseo ya que la voluntad de su construcción surge tras los impulsos renovadores que supuso la exposición Universal de 1913 en la ciudad. Su diseño general puede encuadrarse dentro del clasicismo depurado por la sobriedad y regularidad de sus volúmenes.

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Palacio Episcopal

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Boekentoren

miércoles 1 de julio de 2009

El Colegio de Arquitectos de Sevilla se pronuncia sobre la Biblioteca de Zaha Hadid

Fuente: Europa Press

COAS advierte en un informe de las "alteraciones jurídicas y técnicas" en la biblioteca del Prado.

El Colegio Oficial de Arquitectos de Sevilla (COAS) presentó hoy un informe sobre la implantación de la nueva biblioteca de la Universidad de Sevilla (US) en el Prado de San Sebastián, en el que "se desgrana técnica y jurídicamente las deficiencias y alteraciones que se han hecho en la implantación de la biblioteca". El motivo de dicho informe es la sentencia de 4 de junio del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), a la que calificó de "muy sólida", con la que se paraliza la construcción de la biblioteca.

En declaraciones a los periodistas, el decano del Colegio de Arquitectos, Ángel Díaz del Río, manifestó que "la Avenida de Diego Riaño tiene un parque bien labrado y la ciudad lo ha hecho suyo" Además, señaló que el Prado de San Sebastián "forma parte del Conjunto Histórico de la ciudad de Sevilla".

Por tanto, y según el informe, en la implantación de la Biblioteca concurren dos tipos de circunstancias principales. Por una parte, la alteración del uso de un Sistema General de Espacio Libres. En Andalucía, y según el artículo 36 de la LOUA, se dispone que "toda innovación que desfecte suelo con destino a parques y jardines deberá contemplar las medidas compensatorias para mantener la proporción y calidad de las dotaciones previstas respecto al aprovechamiento y que será necesario justificar la innecesariedad de su destino a tal fin".

El informe afirma que en el Prado de San Sebastián, "ni se ha calificado suelo para nuevos jardines ni se ha disminuido el aprovechamiento, sino que al contrario, se ha aumentado de un modo llamativo".

Al respecto, el decano alegó que "el Sistema General de Espacios Libres no puede alterar el uso de los parques porque son parte de la ciudad, y una de las zonas más estructurales de las mismas". "El Prado ha creado un paisaje y lo lógico es mantenerlo", agregó.

Además, el informe hace alusión a que el Prado de San Sebastián es una pieza incluida en el Conjunto Histórico de Sevilla y que posee unas características derivadas de su origen como "espacio comunal, de uso público y no edificable". "La construcción de la biblioteca provoca la alteración de un elemento incluido en el ámbito del Conjunto Histórico, el cual está destinado a ser protegido como cualquier otro edificio", apuntó Díaz del Río.

Por otra lado, el COAS en este informe alude a que alterar la "esencia histórica" de espacio libre unitario de uso público del Prado de San Sebastián, introduciendo edificaciones y usos privativo, aunque su destino se un equipamiento público, "contradice lo que la Memoria de Ordenación del Plan General de Ordenación Urbanística (PGOU) menciona sobre espacio libres y su contribución a la estructuración y reconocimiento de la ciudad".

Por último, dicho informe apunta a que la sostenibilidad "no debe quedarse en un enunciado en el planeamiento", sino que la ordenación que establece éste ha de ser destinada a su logro y a conseguir una mayor protección y mejora de la calidad de vida a la que se refiere el artículo 45.2 de la Constitución.

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Mucha gente piensa, sobre todo fuera de Sevilla, que la oposición a la biblioteca es una oposición a Zaha Hadid y a la arquitectura moderna que ella representa, descalificando automáticamente la iniciativa ya que la colocan dentro del tradicional chovinismo sevillano. Es necesario que se sepa que esa biblioteca vulnera el PGOU y que el responsable de ese desaguisado urbanístico (también podríamos criticar la estética) no es la arquitecta sino el Ayuntamiento que ha permitido la mutilación de un espacio verde dentro de la ciudad.

lunes 29 de junio de 2009

El Clasicismo en Flandes (I). Amberes

Un reciente viaje a Flandes, en Bélgica, me permitió ponerme en contacto con la arquitectura clásica de ese país.

El Renacimiento llega a los Países Bajos cuando en Italia el manierismo intentaba dar respuesta a la crisis generada por la Reforma Protestante y el Saco de Roma (que vinieron a acabar con el ideal de una Europa unida política y religiosamente, el emperador del Sacro Imperio y el Papa). La arquitectura que se hizo aquí prescindió por tanto de las experiencias canónicas del Quattrocento y primeros años del Quinqueccento (la denominada plenitud de los tiempos) y expresa su clasicismo a través de la trasgresión de la ortodoxia vitruviana.

Amberes fue en esta época un gran centro productor de libros. De sus imprentas salieron Tratados de Arquitectura como “Architectura der Bauung der Anticuen auss dem Vitruvius” (Arquitectura de la construcción de los antiguos según Vitruvio”, de Hans Vredeman de Vries, publicado en 1577. En estos tratados, junto a los órdenes canónicos, se ofrecía toda una colección de trasgresiones de los mismos, añadiendo almohadillados, frontones partidos, molduras y otros elementos arquitectónicos. A la vez adaptaban esta arquitectura a las condiciones constructivas y espaciales vernáculas, como las fachadas estrechas rematadas por gabletes muy inclinados (en comparación con los frontones clásicos) y el predominio del hueco sobre el muro en fachada para permitir el máximo paso de luz a las estancias en una latitud donde escasean los días soleados.

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Láminas del tratado de Vrederman de Vries

Por tanto la arquitectura de estas tierras hace una exploración intensa de las distorsiones gramaticales de Vitruvio que, unidas a las características heredades de la arquitectura medieval, darán lugar a una experiencia única. A pesar de su extravagancia, se aproximan bastante a los ideales arquitectónicos vitruvianos. Las altas fachadas con grandes huecos se adaptaron perfectamente a los órdenes superpuestos y los elevados gabletes góticos fueron sustituidos por frontones clásicos que suplían la inclinación con volutas que conectaban todas las partes. Es en las iglesias donde se nota más la influencia del clasicismo romano, importándose el modelo de fachada de Iglesia de la Contrarreforma instaurado por Vignola en Il Gesù de Roma (1576).

Al igual que en Reino Unido, los Países Bajos también tuvieron su particular “gothic survival”, que convivió con las formas clásicas y durante el eclecticismo permitió la aparición de un neogótico de corte nacional.

Durante la época en que fueron parte de la Monarquía Hispánica, los Países Bajos Españoles mantuvieron junto con el Milanesado la condición de Plaza de Armas (mientras que el resto del Imperio se estructuraba en virreinatos) por su permanente estado de Guerra entre Francia y Provincias Unidas. Acontecimientos como el Bombardeo de Bruselas (1695) durante la Guerra de los Nueve Años (1688-1697) destruyeron gran parte de la fisonomía medieval de algunas ciudades flamencas, lo que obligó a una reconstrucción realizada ya en términos de arquitectura clásica (que no de urbanismo, ya que se conserva el trazado urbano medieval). Pero también los privilegios comerciales concedidos por los Austrias a Amberes y otras ciudades dieron grandes beneficios económicos a Flandes que se tradujeron en nuevas obras.

Amberes fue el gran centro del comercio internacional de la época; la recaudación de su puerto, por ejemplo, igualaba a los ingresos por la explotación de las minas de plata de Potosí. Esta prosperidad permitió la construcción de un nuevo Ayuntamiento que, después de un primer proyecto en continuidad con el gótico local, se erigió siguiendo los principios de la arquitectura vitruviana importados de Italia. Tiene el ayuntamiento dos niveles de columnas superpuestas (jónico sobre dórico) con su entablamento completo sobre un basamento de arcos en rústico. Un cuerpo central, de cinco niveles de columnas pareadas y arcos sobre basamento en rústico, se destaca sobre el resto, dando continuidad a los entablamentos dórico y jónico sobre los que se superponen un orden corintio, uno compuesto y un remate con cariátides coronadas por un frontón que indica la fecha de finalización de las obras (1564). El nivel corintio alberga esculturas de las virtudes dentro de hornacinas que enmarcan el escudo de la corona española, que recuerda a los visitantes la presencia hispana en la época del Imperio donde no se ponía el sol. Por último, el nivel del orden compuesto tiene una sola hornacina con una escultura de la Virgen María, Patrona de la ciudad.

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Vista General del Ayuntamiento

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Detalle del remate

Las órdenes y compañías religiosas de la Edad Moderna, como los Jesuitas, también se asentaron en Flandes, región mayoritariamente católica, importando a su vez los modelos eclesiásticos contrarreformistas. La Iglesia de San Carlos Borromeo de Amberes, terminada en 1623 por el arquitecto Pieter Huyssens (1577-1637) es uno de los ejemplos más notables, tanto por su espacio arquitectónico como por las obras de arte que alberga en su interior. Su fachada se divide en tres niveles de órdenes superpuestos con entablamento completo, el último más estrecho pero unido a los inferiores mediante volutas. La fachada se retranquea a ambos lados quedando escoltada por dos torrecillas (el campanario está situado tras el ábside). A pesar de la habitual comparación con la Iglesia del Gesù, lo cierto es que hay algunas diferencias sustanciales, como la ausencia de un pedestal en el orden de planta baja que de altura al primer nivel (no así en las superiores), la superposición vitruviana de órdenes (de abajo arriba dórico, jónico y corintio, frente al esquema romano de corintio bajo compuesto), la abundancia del programa escultórico y la tridimensionalidad de la fachada (favorecida por los retranqueos y columnas exentas del muro frente al ritmo bidimensional de las pilastras de Il Gesù). El interior está dividido en tres naves separadas por ligeras arcadas a dos niveles ya que la bóveda central es de madera, dando una impresión de espacio diáfano que permite orientar todos los puntos de vista hacia el magnífico retablo del altar principal.

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Fachada de la Iglesia de San Carlos Borromeo de Amberes

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Interior de la Iglesia

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El Campanario

Dentro de la arquitectura doméstica del periodo de dominación española cabe destacar la casa-taller de Pedro Pablo Rubens, diseñada por él mismo tras su estancia en Italia (1601-1608) y que combina la arquitectura vernácula para la parte doméstica con las referencias manieristas en la zona de taller, exposición y recepción de clientes (recordemos que Rubens, al igual que Murillo, estructuró su estudio como una gran empresa). Un edificio vernáculo es el que da acceso al patio del edificio, donde se distingue claramente la zona doméstica de la zona de taller y recepción de clientes. Se accede a ésta a través de una loggia de dos alturas con arcadas entre columnas dóricas en el primer nivel y columnas jónicas en el segundo. La fachada contigua, la del taller, continúa en planta baja el orden dórico cuto entablamento se ve interrumpido para dejar sitio para la gran puerta de acceso a la gran sala de trabajo, iluminada desde el patio y el jardín. Esta sala, a doble altura, se comunica con el espacio de recepción y la vivienda a través de una galería abierta desde donde el pintor contemplaba el trabajo de sus aprendices y lo mostraba a sus clientes. El paso del patio al jardín se hace a través de una arcada a modo de arco del triunfo. La fachada del taller repite el mismo esquema que la del patio, con grandes ventanales y un acceso central. El jardín se estructura al modo italiano y tiene un sencillo pabellón al fondo, una loggia con serliana presidida por esculturas mitológicas.

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Esquema general de la Rubenshuis

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Acceso desde la calle

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El Patio con la loggia y el edificio del taller de pintura

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La arcada que da paso al patio

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Fachada del taller al patio

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El templete del fondo del jardín

La época de prosperidad de Amberes termina con el tratado de Münster (1648), que clausura el puerto fluvial de la ciudad. Hasta el siglo XIX, con la independencia de Bélgica, la ciudad no iniciará su recuperación. En 1879 el arquitecto Jan Jacob Winders gana el concurso para la construcción del Real Museo de Bellas Artes, un gran edificio neoclásico que alberga las colecciones del antiguo Gremio de San Lucas y diversas donaciones reales que la convierten en una de las pinacotecas más importantes del mundo. Y entre 1895 y 1905 se construye la Estación Central, una de las más importantes del país, con una gran bóveda de hierro de 185 metros de luz y 44 de alto (del arquitecto Clement Van Bogaert) y una envolvente “estilo Beaux-Arts” (de Louis Delacenserie). Por último, ya dentro del clasicismo depurado, Jan Van Hoenacker construye en 1931 el que sería el primer rascacielos de Europa, la Boerentoren (torre de los campesinos).

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Fachada del Real Museo de Bellas Artes de Amberes

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Fachada principal de la Estación central de Amberes

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Fachada interior

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Vista de la bóveda que cubre los andenes

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Boerentoren

viernes 26 de junio de 2009

Neogótico en España: La Basílica Teresiana de Alba de Tormes

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En España, por la particularidad histórica que supuso la reconquista, la producción artística medieval es muy diferente a la del resto de Europa. La continuidad del arte visigodo como elemento autóctono, el islámico en el sur y la francesa a través del Camino de Santiago, se mezclan para crear un arte propio, genuinamente hispánico a pesar de las influencias.

A medida que avanzaba la Reconquista, también avanzaban las nuevas tendencias artísticas. De esta forma se puede decir que la influencia de la arquitectura románica llega hasta aproximadamente el río tajo, a partir del cual las formas empiezan a ser góticas o gótico-mudéjares. El gótico llega hasta el sur de España, si bien lo dilatado de la Reconquista hace que en gran parte de Andalucía escaseen las arquitecturas medievales y predominen las Renacentistas y Barrocas.

Es por todo esto que, cuando en el siglo XIX se genera el debate entre neogótico y neoclasicismo que desembocará en la era ecléctica, tanto España como Portugal e Italia se quedan al margen (en el caso italiano por el escaso peso del gótico en unas tierras donde la arquitectura romana no perdió del todo su influencia) y continúan con el academicismo neoclásico hasta bien entrado el siglo XIX.

Metida de lleno en la crisis de los eclecticismos, España desarrollará varios regionalismos donde la componente mudéjar y plateresca tiene cierta importancia. Ni el neogótico ni el neorrománico tienen especial aceptación en nuestro país, lo que no quita que sus escasos ejemplos no sean interesantes. Quizá el edificio neogótico más interesante de España sea el proyecto del Marqués de Cubas para la Catedral de la Almudena en Madrid, inmensa mole que partiendo de los escritos de Eugéne-Emmanuel Viollet-le-Duc pretendía ser más gótica que el gótico mismo. El único edificio neogótico comparable a la flamante nueva catedral de Madrid es la Basílica Teresiana en la localidad salmantina de Alba de Tormes.

Después de una vida rica en experiencias místicas y dedicada a reformar exitosamente la Orden del Carmelo, Santa Teresa de Jesús murió en el convento fundado por ella en Alba de Tormes, en 1582 a la edad de 67 años. A pesar de que en un principio se tratara de trasladar su cuerpo incorrupto al convento de San José de Ávila., su primera fundación, la influencia del Duque de Alba hizo que su cuerpo incorrupto permaneciera en la ciudad que da nombre a la casa nobiliaria más poderosa de España. Esto convirtió a Alba de Tormes en un gran centro de peregrinación, quedando el cuerpo de la Santa custodiado por las monjas del Convento de la Encarnación.

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En 1876, tras una gran peregrinación, se funda la Hermandad de Santa Teresa, y se empiezan a oír voces que piden la construcción de una gran basílica para albergar y exponer los restos de la Santa y a los peregrinos que cada vez llegaban en mayor número debido a los avances en las comunicaciones (el ferrocarril llega a Salamanca en 1877 y a Alba de Tormes en 1896).

En 1897 se empieza a publicar “La Basílica Teresiana”, revista que informó, hasta 1923, del estado de las obras y los donativos recibidos, así como artículos de investigación y acontecimientos relacionados con la Santa abulense. Las obras se inician en mayo de 1898, con proyecto del arquitecto Enrique María Repullés y Vargas quien, en un artículo publicado en Octubre de ese mismo año, expone el estado de las obras y describe la basílica justificando la elección de la propuesta neogótica.

“La idea surgió grandiosa en la imaginación del Prelado; su corazón la dio calor, y desde aquel momento (el 15 de octubre de 1896) su principal pensamiento fue el de realizarla. (…) Al ir fijando puntos para el trazado del proyecto, preguntéle de qué materiales haríamos el edificio; y, apenas formulada la pregunta, rápida y enérgicamente me contestó: de piedra todo ¿qué menos para Santa Teresa?.

Y, en efecto, todo para la Basílica le parecía poco: dimensiones, materiales, ornamentación… todo debía ser de lo mejor; por qué no ha de construirse, a fines del siglo XIX y en honor de una Santa tan grande, que su fama llena el mundo, un Templo que no sobresalga entre los modernos.

Indicó el estilo ojival como más cristiano; y, si bien no es el de la época de la Santa, ésta tuvo su primer sepulcro bajo una bóveda ojival, primitiva capilla del Convento de Alba, y es el que más cuadra a su misticismo.

El nuevo templo deberá levantarse al lado del actual Convento, lleno de recuerdos teresianos, unido a él y sin destruir nada del mismo; y habrá de disponerse de tal modo, que de la nueva iglesia se pase a la vieja, que las religiosas tengan comunicación fácil desde su convento al nuevo coro y que, colocado el cuerpo Santo y las Reliquias en la Basílica, continúen custodiadas dentro de clausura.

Para conseguir esto y no habiendo otro espacio de qué disponer, fue preciso pensar en el que proporcionaba el derribo de varias manzanas de casas situadas en el espacio comprendido entre el Convento, el río y el puente; y el Sr. Obispo, secundado activamente por el Sr. Arcipreste cura párroco de Alba, D. Juan Antonio Ruano, hoy Obispo electo de Barbastro, por el digno Alcalde que era entonces D. Juan Escudero, por los RR. PP. Carmelitas, y entre ellos, principalmente por el R. P. Lino de San José, quien por su carrera en el siglo, era poderoso auxiliar para la construcción, y por otras personas entusiasmadas por la idea, acometió la ardua empresa de adquirir dichas manzanas, formadas por un número respetable de casas, derribar éstas y obtener así un amplio solar para el nuevo edificio.

Resultó un gran terreno, satisfaciendo las condiciones antes indicadas. (…)

Mas, antes de pasar adelante en la reseña de las obras hasta hoy ejecutadas, objeto de este artículo, creo conveniente dar una idea de la planta del templo. Constará éste de tres naves con un crucero y ábside, en el fondo del cual se hará la capilla para el Corazón de la Santa; entre los contrafuertes de los muros laterales se sitúan capillas y la entrada estará precedida de un pórtico y flanqueada por dos torres. Cuatro de éstas más elevadas rodearán el cimborrio del crucero. La longitud total será de 76 metros, y el ancho, comprendidas las tres naves, de 23, teniendo las capillas laterales 4,50 metros de profundidad.”
Repullés y Vargas, E. M. Las obras de la Basílica. La Basílica Teresiana, Año II, núm. 13. Salamanca, Octubre, 1898. p. 401-402.

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Sección Longitudinal de la Basílica en una postal de principios del Siglo XX

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Alzado Frontal. modificación del proyecto original en una postal de principios del Siglo XX

Las obras avanzan a ritmo lento pero constante, como solía ser característico en este tipo de obras financiadas con donativos particulares. En 1923, con el cambio de Obispo en la diócesis de Salamanca, la revista deja de editarse (en parte por agotamiento de los temas teresianos ampliamente discernidos durante veinticinco años) y en 1933, con la Ley de Congregaciones de la Segunda República, las obras se interrumpen.

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Estado de las obras en 1900. Cimentación

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Estado de las obras en 1923

Hasta 1963 no se retoman iniciativas para la terminación de las obras; en ese año, el obispo de Salamanca cede la Basílica a la Orden del Carmelo Descalzo, quienes promueven una reestructuración de la misma de la mano del escultor Juan de Ávalos y una cuestación pro basílica con la peregrinación de la Reliquia del Santo Brazo por toda España. Ambas iniciativas no dieron los resultados esperados y en 1981 los carmelitas devuelven la Basílica al obispado, que empieza a plantear la posibilidad de un nuevo proyecto para la finalización de las obras, que finalmente es encargado a los arquitectos D. José Sánchez vaquero y D. Ricardo Pérez Rodríguez Navas, previa fase de consolidación y remate de la fábrica neogótica.

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El nuevo proyecto, mucho más sencillo y menos ambicioso que el neogótico original, se una suerte de clasicismo latente extraído de la sobria arquitectura herreriana. Los muros de la nave central se recrecen para permitir la entrada de luz a través de vidrieras con motivos teresianos. La nueva cubierta de la nave central es una bóveda formada por arcos de madera laminada sobre los que apoya una subestructura que sirve de apoyo a las tejas. El acceso se realiza desde un pórtico abocinado que se decora y remata con motivos escultóricos alusivos a la Santa. Las obras avanzan rápidamente gracias a una gran campaña de recogida de donativos por parte del obispado de Salamanca.

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Planta. Estado Reformado

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Alzado Frontal. Proyecto Reformado

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Alzado Lateral. Proyecto Reformado

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Recreación virtual

Ha sido la falta de fondos la que ha obligado a cambiar el proyecto original neogótico por otro más sencillo que es una solución de compromiso para finalizar unas obras necesarias. De haber existido más fondos, las obras se habrían podido concluir de la forma más fiel al original (tal como está ocurriendo con el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia en Barcelona).

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Fotografías del estado actual de las obras.

Aunque muchas veces se aluda al elevado costo de este tipo de obras como un factor a tener en cuenta para su rechazo, lo cierto es que, tal como indicaba el arquitecto al inicio de las obras en 1898, este tipo de proyectos generan puntos de trabajo y reactivan los oficios tradicionales de escultores y canteros. Y a partir de esa reactivación pueden surgir nuevas iniciativas clásicas o historicistas que requieran de esos oficios. El clasicismo no necesita sólo la voluntad del arquitecto para restaurarlo, necesita además de una mano de obra cualificada que pueda materializarlo correctamente. España cuenta con esa mano de obra, formada en Facultades de Bellas Artes y Escuelas de Artes y oficios, por lo que su puesta en práctica es viable tanto desde la iniciativa pública como privada, ya sea de la mano de un clasicismo canónico o un tradicionalismo moderno que entronque con las raíces vernáculas de cada lugar.

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Para saber más:

Revista "La Basílica Teresiana" (1897-1923). Cortesía de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Cultura, Gobierno de España.